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08/01/2012

A INVENÇÃO DOS OUTROS

por cam

Suplemento Babelia, do El País, hoje:

«En 1984-1985 una exposición comisariada por William Rubin y Kirk Varnedoe se abría en el MOMA neoyorquino y a su modo inauguraba una corriente de revisión que, con mayor o menor sentido crítico, con más o menos rigor histórico, ponía en evidencia las complejas relaciones e influencias que las vanguardias históricas habían establecido desde siempre con las culturas otras, diferentes: “Exóticas”. En la muestra, Primitivismo en el arte del siglo XX. Afinidad de lo tribal y lo moderno, que hizo correr ríos de tinta en contra y a favor, se planteaba un recorrido desde los pioneros -Gauguin, Matisse y Picasso-, para seguir después con los expresionistas alemanes, Klee o Leger entre otros, llegando a tratar a los expresionistas abstractos americanos y hasta ejemplos del land art y Beuys, sobre todo porque las influencias “primitivas” contempladas en la muestra -se explicaba en el catálogo- eran tanto de África y Oceanía como de América del Norte.

Grupo de habitantes de las islas de Andamán, en el golfo de Benguela, fotografiados en París alrededor de 1869. Imagen incluida en la exposición La invención de lo salvaje. Zoos humanos, en el Museo Quai Branly, de París.-

Un juego de paralelismos organizado a través de yuxtaposiciones que desvelaban las “afinidades”, sobre todo formales, entre Occidente y los “otros”, escenificaba una especie de mundo feliz, o al menos acrítico, que silenciaba un segmento esencial del relato, quizás porque lo “primitivo” tiene para Occidente un doble significado: si por una parte es la infancia de la humanidad, lo no contaminado, por otra es lo sexual, lo orgánico. En pocas palabras, aquello que más puede perturbar a nuestra cultura, visual, higiénica por excelencia, contemplando el mundo desde su posición a salvo.

Así, la exposición del MOMA proponía dos mundos contrapuestos que, sin embargo, convivían cómodos, tal vez porque la mirada del connaisseur, en este caso los comisarios, había sabido seleccionar entre las otredades lo menos conflictivo, lo más abstractizante: lo más “puro”. Era una operación semejante a la que había planteado Picasso con Las señoritas de Aviñón, una obra en la cual las pavorosas máscaras se domestican, se conforman a la alta cultura después de que la mirada del artista las haya rescatado.

La belleza impoluta de Primitivismo y lo confortable de las asociaciones despertaron ya entonces la perplejidad del antropólogo James Clifford, quien en su artículo mítico Historias de lo tribal y lo moderno criticaba esa higiene extrema que veía a África -y al resto de las culturas- como atemporales, sin presente o pasado propios; parte de una fantasía occidental en la cual se fetichizaba el fetiche, enfatizando lo elegante de las culturas otras y, más importante aún y como reflexionaba Clifford, excluyendo las contaminaciones de las “modernidades” de otros ámbitos, incluso occidentales. Nada más cierto. ¿Dónde estaban Brasil con Tarsila do Amaral o Cuba con Wifredo Lam, por citar los ejemplos más conocidos entre los que se incluían en la reciente Afromoderrn. Viajes a través del Atlántico negro, producida por la Tate Liverpool en 2010 y que se pudo ver en el CGAC de Santiago de Compostela?

¿Dónde estaba, se preguntaba Clifford, Josephine Baker, un personaje que despertó el deseo hacia la africanidad de la vanguardia y que no sólo ponía de manifiesto la sexualización de ese deseo, sino lo híbrido del producto? Baker, como tantos de su generación, jugaba a disfrazarse de “negra” para que los blancos parisienses o neoyorquinos pensaran que los negros con los cuales se asociaban eran auténticos “africanos”, al tiempo que ponía de moda el Bakerfix que usaban las mujeres blancas para dar a su pelo el aspecto “lacado” que presentaba el de Baker. Es algo parecido a la historia que se cuenta de la conocida negrófila Nancy Cunard, autora de la antología de poemas Negro (1929), en la cual rescataba a los poetas de origen africano al lado de autores como Ezra Pound o Samuel Beckett. La rica heredera inglesa, desheredada por la familia tras la relación amorosa con un músico afroamericano, Henry Crowder -por quien dejó al poeta Aragon-, echaba en cara a su pareja no ser suficientemente africano, a lo cual él contestaba con paciencia que no era africano, que era norteamericano.

Sea como fuere, las relaciones de Occidente con las culturas no siempre han sido tan idílicas como este romance de las vanguardias con una cultura africana -muy hibridizada- puede hacer creer o como se esforzaba por mostrar Primitivismo en su búsqueda de productos “puros”. La realidad era muy diferente y ocurría en el Berlín de primeros del siglo XX: los visitantes de lugares remotos eran exhibidos en zoos, contemplados detrás de una valla por los curiosos que querían saber cómo eran en realidad los “exóticos”. Esa forma de exponer a los otros como objetos etnográficos, como trofeo del viajero o curiosidades del científico, era una práctica habitual en las exposiciones universales -lo demuestran las numerosas postales estereoscópicas que se imprimieron como souvenir de dichos acontecimientos. La pregunta surge inmediata ¿en qué se convertían las personas de otras culturas expuestas al público? Sobre todo, ¿en qué se diferenciaban de los freaks, tan populares hasta entrado el XX, si en ambos casos se representaban la “otredad” como forma de espectáculo? Más importante aún, ¿hasta qué punto son oscuras las relaciones de Occidente con los otros, las que desbordan lo idílico y desvelan lo sórdido?

Por todas estas contradicciones ocultadas por la mayor parte de los discursos culturales al uso llama la atención la muestra que se puede ver ahora en el Museo Quai Branly parisiense, La invención de lo salvaje. Zoos humanos, presentaba por Liliam Thuram con la asesoría, entre otros, de Pascal Blanchard, conocido experto en colonialismo. En la exposición se traza una línea desde los orígenes del fenómeno hasta una última reflexión en un vídeo en la cual varias personas hablan de sus “diferencias”, pasando por las exposiciones universales y coloniales, y los zoos humanos. La muestra propone, así, un recorrido histórico con especial énfasis en las cámaras de las maravillas, la exhibición de las gentes “exóticas” y la invención de lo “nativo” en las exposiciones coloniales, lugar que parapetados tras la excusa de ampliar el conocimiento se ocultaba una terrible maniobra de apropiación del otro -como bien supieron los surrealistas quienes odiaron la exposición colonial de París de 1931. La invención de lo salvaje nos obliga, pues, a reflexionar sobre las nociones de apropiación y normativización de lo diferente, sobre todo de exclusión, de las cuales Occidente ha hecho siempre gala, tratando todo lo que queda fuera de la norma -tanto los “diferentes” como los “primitivos”- como un objeto aislado, sin historia propia, atemporal, aquello para ser mirado desde la posición segura que siempre adopta Occidente.

Desvelar esa doble moral es el mérito de la exposición que, a través de un fabuloso conjunto de obras con frecuencia curiosas e inesperadas -desde fotos hasta autómatas, cuadros, pósteres, postales, artefactos, películas…- pone en evidencia ese lado oscuro en el cual a menudo los “exóticos” eran equiparados al resto de otredades. Pero la intensidad del paseo no acaba en la propuesta de desmontar estereotipos. En una parte del recorrido, alargados y camuflados en las paredes, unos espejos nos esperan en la visita dislocando el paseo… y al sujeto. Ahí estamos, reflejados mientras vamos observando las curiosidades expuestas, y la sensación que tenemos es inquietante: por arte de magia hemos dejado de ver para ser vistos. Nos hemos convertido en parte de lo expuesto, en el “otro”, en lo salvaje. Allí está la imagen del visitante mezclada con el resto… El mensaje queda claro: el “otro” no es sólo una ficción, sino que todos somos el “otro”.»

La invención de lo salvaje. Zoos humanos. Museo Quai Branly. Quai Branly, 37. París. Hasta el 3 de junio.

19/12/2011

CABRITA

por cam

Louca entrevista feita por Marcelo Ariel ao meu amigo António Cabrita (não resisto a reproduzi-la, com a devida vénia para a Revista Pausa (Brasil), que pode ser acessada por aqui):

 

«Fale um pouco da sua trajectória como escritor e roteirista.

Tive a primeira ejaculação prematura aos 17 anos, quando editei um deprimente livrinho de poesia social. Numa colecção que, em 1977, representava o movimento beat em Portugal. Com muitos copos, fumos, boémia e o culto dos surrealistas e de Ginsberg e companhia, procurávamos contrariar o sufocante militantismo marxista do país, nessa altura. Aí conheci um poeta mais velho, o Levi Condinho, uma gema libertária, que me educou na música erudita e no jazz e, com uma generosidade rara, me pôs a ler filosofia e a grande poesia europeia. O Levi foi o verdadeiro saca-rolhas da ebriedade poética que me tomou. O segundo grande encontro da minha vida foi o Al Berto, que conheci aos 18 ou 19 anos. Era dez anos mais velho que eu, e parecia um músico dos Yes ou dos Led Zepellin. O Al Berto chegava da Bruxelas, onde vivia exilado e trocou os pincéis (era um excelente pintor mas destruiu quase toda a sua produção) pela escrita. E insensatamente propôs-se gastar o pecúlio de uma herança fazendo livros. Editou 8 livros, antes de se aperceber do beco em que se metera, um deles o meu segundo livro, um poema de 18 páginas num caudal rimbauldiano e numa associação tão livre como a do pára-quedista que se descobre em queda livre.

Depois entrei na Escola de Cinema, onde durante o primeiro ano apanhei bonés. Aí fui aluno do poeta João Miguel Fernandes Jorge, um dos grandes do século XX em Portugal, com quem privei uns anos, e do encenador Ricardo Pais com quem viria a colaborar em vários projectos. A dado momento repararam que me safava a escrever diálogos e comecei a ser usado para as aulas e a ser disputado pelos cineastas para “negro” dos filmes deles. Um deles, o cineasta e encenador de teatro Jorge Silva Melo, dirigia uma colecção de teatro na Imprensa Nacional e perguntou-me se não teria uma peça de teatro. Aquilo cheirou-me a dinheirito e disse imediatamente que sim. Depois tive de escrever a peça em poucos dias. Ao mesmo tempo, também para a Imprensa Nacional, fui convidado para lá colocar um livro de poesia, um livro mais dominado que o anterior. Nessa altura a Imprensa Nacional fazia 3000 exemplares e pagava os direitos de autor por inteiro à cabeça. Como tive a sorte de publicar dois livros quase ao mesmo tempo, casei logo e a embriaguez, as lecas e o casamento duraram um ano. E tenho a certeza de que o sucesso me fez muito mal.

Acabado o curso, participei de algumas rodagens de filmes, mas rapidamente me dei conta de que preferia a solidão, um queijito, vinhito e um livro de poesia, ao frenesim de andar aos molhos a tentar papar a nova assistente do guarda-roupa ou de não falhar a linha de coca à saída do plateau. E em 83 passei-me para os jornais e revistas – JL (Jornal de Letras), O Jornal, Elle, Expresso – onde escrevia crítica de filmes e livros. Rapidamente, fui de novo convidado para fazer roteiros para filmes e séries documentais. A dado momento fiz parceria em vários roteiros com a escritora Maria Velho da Costa, Prémio Camões em 2000; mantendo paralelamente a minha actividade de jornalista cultural.

Depois de escrever inúmeros filmes, e de ficar invariavelmente em curto-circuito quando via o resultado final, resolvi ensaiar a ficção e em 1995 publiquei o meu primeiro livro de contos, Cegueira de Rios. Só em 1997 voltei à poesia, depois de uma situação de falência técnica que me obrigou a concorrer a um Concurso Literário, o Prémio Cesário Verde, que ganhei barbaramente e me aliviou de dívidas. Este livro, Carta de Ventos e Naufrágios é o primeiro livro de poemas que agora coloco na minha tábua bibliográfica, que omite os anteriores.

No ano seguinte publiquei As Cinzas de Maria Callas, 2º livro de ficção, que foi considerado pelo ensaísta António Guerreiro como um dos dez melhores livros portugueses do ano. Em 2000 editei Arte Negra, uma antologia de poesia, e envolvi-me nas edições como sócio e director editorial. Tive duas editoras – Fim de Século e Íman Edições – com as quais produzi e editei acerca de setenta livros, tendo experimentado o aveludado gosto de empobrecer feliz.

Ao mesmo tempo, meti-me no teatro e tive três peças em cena em Lisboa, uma delas, Nada do Outro Mundo, com digressões pelo país.

Em 2005, zangado com o descalabro comercial da Ímã, (apesar do excelente dossier de imprensa conseguido, o nervo comercial – as distribuidoras – não acompanhava o passo), resolvi abandonar o jornalismo e mudar de vida, e ir para Moçambique, terra de origem da minha mulher. Aqui tenho escrito filmes e séries televisivas, dado aulas na universidade, e escrito, com método e gana.

E desde então publiquei seis livros em Portugal, de poesia e prosa, com destaque para o Tormentas de Mandrake e de Tintin no Congo, contos, que teve uma excelente fortunata crítica, e de Não se Emenda a Chuva, de poesia. Há um mês publiquei uma novela policial, O Branco das Sombras Chinesas, escrita em parceria com o escritor João Paulo Cotrim, que acabou de ser destacado na última edição do Expresso, com 4 estrelas em cinco (suponho que o 5 irá para o Proust e o Lobo Antunes) e, nesta última semana, o ensaio poético Respiro. E mantenho um blogue há um ano, raposasasul.blogspot.com, onde só trato de literaturas.

Você vê algum entrelaçamento ou simbiose entre a imagem no poema e a imagem no filme?

O Pierre Reverdy já ensinou tudo o que havia a dizer sobre isso: «A imagem é uma criação do homem. Ela não pode nascer duma comparação mas duma aproximação de duas realidades mais ou menos afastadas. Quanto mais justas e afastadas forem as relações de duas realidades em aproximação tanto mais a imagem será forte – tanto maior realidade poética e poder emotivo conterá…»

Como se vê neste quadro de Chirico:

 

 Creio que para a poesia e o cinema isto continua a ser válido.

O que você pode dizer sobre a situação da cultura em Portugal, em Moçambique, e no mundo actual.

Nem no Xipamanine, o maior mercado informal de Maputo, encontraríamos lenha para tanta combustão. Bom, mas como na minha rua fica o quartel de bombeiros, tentemos. Acho que Portugal tem um painel de excelentes criadores neste momento – na literatura, no teatro e nas artes plásticas – mas que o quadro institucional é deprimente. Tenho curiosidade em saber como vai reagir o mundo do teatro aos cortes draconianos nos subsídios pois, historicamente, as crises geraram sempre movimentos relevantes no teatro, e espero que o estado de penúria incite ao aparecimento de uma nova geração que saiba esbofotear com qualidade. O movimento editorial está um caos e dominado por gente que não gosta de ler nem de livros, mas há muita gente a escrever e a qualidade média subiu. E os brasileiros tinham vantagem em perceber que o estereótipo do portuguesinho sisudo e muito sério não passa de um cliché, que há coisas muitas vivas a passarem-se na literatura portuguesa. O cinema está a ser desmantelado e a ser substituído por audiovisuais pouco estimulantes, i.é, iguais a todo o fastvídeo.

Em Moçambique o período é de hibernação na cultura, pois não é prioritário para os políticos. Mas há bolsas de teimosos que resistem e uma dúzia de escritores que não largam o osso e se obstinam. Emerge neste momento uma nova geração de qualidade na poesia, depois de 20 anos de marasmo que corresponderam ao igual período de tempo em que não chegou a Moçambique um livro. Literalmente. As artes-plásticas é a expressão mais forte, sendo, neste sector, uma das mais importantes de África.

Nomes absolutamente a reter, na literatura, e só falo dos vivos: João Paulo Borges Coelho, Mia Couto, Ungulani Ba Ka Khosa, Suleiman Cassamo, Paulina Chiziane, Luís Carlos Patraquim e Tânia Tomé. São as minhas escolhas.

A Maldição de Ondina, o teu primeiro romance, é um livro onde o amor é maior que a política, parece-me. Você concorda com isso, e porquê? Faço esta pergunta porque também eu sou vítima de um recorte reducionista que faz o recorte sociológico do que escrevo e penso que o mesmo acontece contigo.

E agradeço que o digas porque o sinto também: o amor é, nele, o primeiro motor. Em segundo plano gostaria que o livro fosse lido como uma homenagem à literatura, claríssima, desde o momento em que falo do incrível incêndio que devastou a biblioteca de Octavio Paz, a dois anos da morte, e que constitui o meu pesadelo desde sempre, até ao sonho delirante do protagonista com Jeanne Duval, a mulata que foi amante de Baudelaire. Só por último gostaria que as pessoas reparassem que o livro é também um thriller político – o que é apenas o pretexto. Mas sou obrigado a reconhecer, que como o livro oferece uma visão menos esperada sobre “a África dourada” que enxameia os imaginários românticos de meio mundo, talvez a dimensão política ressalte. Também eu, eivado por uma mentalidade de esquerda, aterrei aqui prenhe de paternalismo e em ruptura com “os racionalismos europeus”, para dar rapidamente conta de que afinal tinha lido mal O Pensamento Selvagem,do Lévy-Strauss. Como ele explica, o que se passa é que existem diferentes tipos de racionalismo e diferentes protocolos para a canalhice. Porque, assegura, o Ocidente não tem o exclusivo do mal.

Mas se o livro, o meu, tiver que sobreviver será pelos dois primeiros aspectos, I hope.

Você conviveu durante muito tempo com os maiores escritores-poetas de Portugal. Fale um pouco sobre esta convivência, em especial sobre a tua convivência com Herberto Helder e Al Berto.

O Al Berto era um poeta na vida e na escrita, uma criatura de uma alegria, duma intensidade humana e dum humor ímpares. Quem lidou de perto com ele, nos primeiros anos, antes da consagração unânime, não deixa de recordar a imaginação que punha no mais pequeno gesto, duma fantasia esfuziante. Contaram-me vários episódios com o Murilo Mendes que me faz pensar que seria do mesmo tipo. Uma vez o Al Berto foi a França a um encontro de escritores com a Agustina Bessa Luís, uma escritora mais velha que atraía o fascínio de todos mas cuja inteligência ferina causava um certo temor. E toda a gente a rodeava com paninhos quentes, com muito cuidado e reserva, pondo os lábios em bico e fazendo uso só de palavras elevadas. O Al Berto que estava na mesa com ela numa sessão pública deu conta de que o arranjo de rosas com que a organização havia decorado a mesa a incomodava porque a Agustina era baixinha e não via bem o público para quem lia. E então, espontaneamente, pegou no microfone e perguntou para o ar, no seu melhor francês, “alguém pode tirar daqui estas couves?”. Ficaram imediatamente amigos. Noutra ocasião, numa entrevista televisiva, perguntaram-lhe porque era ele homossexual, e ele respondeu, olhando o espectador nos olhos: «É um problema de hipotálamo, estou apaixonado pelo meu hipotálamo.» Por isso se tornou um ícone gay em Portugal, era absolutamente descontraído e natural na manifestação da sua sexualidade. E, ao contrário do que depois se tornou moda em Portugal, não associava à sua escolha sexual uma necessidade de proselitismo… Também a forma como morreu, as sua últimas entrevistas públicas, antes de o cancro o matar, foram um exemplo de dignidade e de coragem. Foi um homem tocado pela Graça, daqueles poucos de uma vida em quem reconhecemos uma pessoa plena. Aliás, era de tal forma irradiante a sua presença que nós, os amigos mais próximos, sentíamos às vezes ligeiramente aquém a sua poesia, que ganhou em densidade e fulgor com os anos. 

O Herberto é diferente. Frequentámos durante dez anos a mesma tertúlia e tivemos alguma comunhão e partilhas de livros e leituras. Havia um carinho mútuo, que ele quis “legitimar” quando espontaneamente aceitou colaborar na minha revista literária,Construções Portuárias, ele que sempre foi tão selectivo e cuidadoso. Mas era necessariamente uma intimidade muito diferente, um pouco mais contida, sobretudo por causa do seu temperamento que, embora caloroso, é mais intermitente e menos expansivo que o Al Berto.

Um aspecto curioso é que, apesar da alquimia profunda da sua linguagem, o Herberto alterna com grande à vontade a conversa sobre temas “nobres” e “espirituais” com o papo sobre coisas mundanas e quando está bem disposto e se solta o Herberto é capaz de grandes informalidades e adora uma boa conversa “entre homens” sobre sexo e mulheres.

Uma diferença separa estes dois poetas: o Al Alberto era um homem mais da vida, enquanto o Herberto é mais mallarmeniano, mais atravessado pelo livro; o Al Berto talvez fosse interiormente mais sereno que o poeta mais velho que é, surpreendentemente, mais inseguro. Mas há uma coisa em que o Herberto supera todos os poetas que conheci: é um homem permanentemente curioso, sempre em busca da perplexidade, que ama e não teme o novo e que quer ler tudo sobre tudo. Claro que como toda a gente também relê, mas ao Herberto galvaniza sobretudo o diálogo com a exterioridade e é nele que procura o seu lugar. Neste aspecto, o Herberto morrerá absolutamente novo.  

Você conhece o trabalho do cantor de rap Azagaia, em Moçambique, e o do cineasta Pedro Costa? O que acha da obra destes dois artistas, que de alguma forma utilizam a arte como um elemento de oposição política.

O Azagaia é um jovem corajoso mas que tem andado discreto nos últimos tempos, talvez por pressão política, como tem acontecido a muitos moçambicanos que começam como críticos intrépidos e depois ou são cooptados pelo partido do poder ou são vítimas de um ostracismo social e profissional terríveis. Ele já foi interrogado duas vezes pela Polícia Política e há poucos meses estenderam-lhe uma armadilha com droga para o desautorizarem. Penso que o seu sucesso é sobretudo urbano, pois é um jovem muito acarinhado pela imprensa da oposição, mas tem menor penetração nas camadas populares que têm uma mentalidade muito condicionada pelo mimetismo ou a coacção social. Como artista é muito ingénuo e tem muito a crescer, do mesmo modo que as suas letras, muito directas, ganhariam se ele fosse um leitor mais assíduo de poesia.

O Pedro Costa é de uma outra solidez. Fizemos juntos a Escola de Cinema, e sempre foi um tipo com uma visão e uma obstinação em persegui-la. O seu percurso, estético, político, ético, é exemplar e merece-me toda a estima. Neste momento será um dos faróis de referência de um cinema de autor que a frivolidade dos tempos e a ditadura dos mercados tende a sufocar e a denegrir na Europa. Mas como ele é um intransigente, quem vai ceder é o mercado, é uma questão de tempo. Veja-se o que se passou com o Manuel de Oliveira, que esteve 30 anos sem filmar. Devo ao Pedro três autores: Ramuz, Soupault e Elio Vitorini, e ele deve-me duas entrevistas aguerridas que lhe fiz nos jornais, e um poema que lhe dediquei, saído no Arte Negra:

 GINGAL, A MEIO CAMINHO DA SUA VIDA

                                     para o Pedro Costa

Entre eu e as luzes há um rio preto.

Imitação dos que extraviaram Ulisses

pela galhofa de deuses

cegos. Um rio preto.

Escrever é uma coisa tão pouca.

De umas vezes garantir fiado,

de outras amanhecer a medo

no rasgão que imprime a cidade

ao longe. Infindável rebentação.

Falo de uma insónia, claro,

dos olhos que desabrigam

lá dentro toda a memória,

quando se fica a roer um os-

so sob um céu de sépia

O Gingal é o longo cais que fica do outro lado do Tejo em Lisboa, e que está pejado de tabernas que eu e o Pedro gostávamos de frequentar.

Fale um pouco sobre a génese de A Maldição de Ondina e sobre o imbróglio burocrático que impediu a tua participação no Congresso Brasileiro de Escritores, realizado recentemente no Brasil.

A Maldição de Ondina nasceu como um conto largo que se foi apoderando de mim e espalhando as suas metástases. O romance assentou na sua quinta versão, depois de dois anos de reescrita. O editor, o escritor Nicodemos Sena, teve a paciência de as conhecer a todas. O livro rompe com os meus livros de contos anteriores que falavam dos ritos de passagem da infância e da adolescência. E passei dos cenários urbanos de Lisboa e arredores para a realidade moçambicana. Levei três a autorizar-me escrever alguma coisa, na ficção, sobre a realidade local, e a apanhar alguma coisa do linguajar local. Não foi fácil, há cristalizações difíceis de dissolver. O livro surgiu de um sonho. Adormeci um dia a reler o D. Quixote e sonhei que ele e o Sancho voltavam à terra, após cinco anos de não serem lidos no mundo, e andavam em peregrinação pelo mundo esventravando os não-leitores. Ao pequeno-almoço escrevi uma nota sobre uma invasão da Terra por personagens de ficção que se sentiam abandonados, como se fossem espíritos a quem se deixara de prestar o tributo. Levei depois um ano a congeminar como traduzir isto numa estrutura funcional de uma ficção passada em África.

Devo dizer que durante muito tempo hesitei atirar-me à novela porque o ritmo e o fôlego exigidos são muito distintos dos de um conto, género que domino. E espero não ter desacertado muito, o Hemingway por exemplo é muito superior como contista ao romancista que também foi.

O que me impediu a ida ao Brasil? Houve uma mudança tecnológica nos serviços de Migração de Moçambique e nessa altura “extraviaram-se” muitos processos de renovação do Dire (o BI para estrangeiros) e outros registos, o que nem sempre é admitido pela instituição. Eu fui um dos prejudicados com esta situação. E quem não colabora com “o esquema” pode ver a vida dificultada. De repente, por perda de processos, não há registos do passado do estrangeiro no país e da sua situação legalizada e desloca-se para este o ónus de provar que já teve documentos. E o estrangeiro vê-se assim empurrado para a irregularidade pela instituição que devia zelar pela sua legalização – é kafkiano. Eu tinha uma advogada há três meses a tratar do meu caso, e mercê dos documentos que tinha em meu poder que comprovavam que eu tinha razão no caso, o processo estava a correr na Migração sem atritos, embora as burocracias sejam sempre morosas nestas paragens, e, até à véspera da ida para o Brasil, a advogada dizia-me que a minha autorização de saída estava garantida. Acontece que uns dias antes mudou o Director Geral da Migração e como desconhecia os meandros do meu caso e que estava a ser tratado, ao ver o meu pedido de Autorização de Saída para assinar simplesmente indeferiu. Como isto aconteceu de forma inesperada e em cima da hora não foi possível recorrer a outra solução como pedir a intercedência do Ministro da Cultura, com quem trabalhei uns anos numa revista institucional, ou pedir uma audiência ao Director para lhe mostrar os meus documentos. Por isso pedi que travassem uma petição que andava a circular pela Net e que insinuava razões políticas para o meu impedimento de sair de Moçambique, pois isso, sim, podia acarretar-me represálias políticas. Pela mesma altura, o escritor moçambicano Mia Couto deu uma entrevista em Portugal em que afirmou simpatizar com o movimento de rebeldia dos jovens que sob o lema Indignai-vos tem corrido na Europa. Quando chegou a Moçambique tinha a ala radical da Frelimo (o Partido no poder há 38 anos) ofendida com ele, porque havia incitado à sublevação popular no país (o poder abaixo do Saahara anda preocupado com um possível efeito dominó provocado pelas revoltas populares no Norte de África) e o Mia teve de multiplicar-se em penosos e absurdos desmentidos. Este é um país onde a democracia dá os primeiros passos, titubeantes; no ano passado, no Orçamento Geral do Estado reservava-se à agricultura uma fatia menor da que era atribuída à polícia política. Não esqueçamos que aqui a taxa de corrupção é altíssima e que isso resulta em muitas deficiências nos serviços; com os esquemas que isso acarreta nas mais vulgares questões burocráticas. Conto para terminar o que aconteceu há uns meses a um amigo brasileiro, cineasta, que vivem em Moçambique há 28 anos. Um dia, ele entregou o processo para pedido de nacionalidade nos serviços respectivos. Quase um ano depois resolveu ir saber da sua situação. Chegou ao Ministério do Interior, apresentou o recibo que dava prova da entrada do seu processo e pediu um esclarecimento sobre o andamento do mesmo. Ao fim de uma hora de espera vieram informá-lo de que o processo se havia extraviado. Era melhor pedir uma segunda via, aconselharam. O que ele fez, e deram-lhe novo recibo. Um ano depois como estava sem notícias, voltou lá. Esteve de novo uma hora à espera enquanto o funcionário tentava em vão localizar o processo. E como via que ele não estava disposto a sair sem notícias, encolheu os ombros, e admitiu, apontando para um armário nas costas: “só se estiver neste armário!”. Quando abriu o armário, este parecia a gruta do Ali Babá abarrotada de processos. Vasculhou, vasculhou e lá encontrou uma pasta com o nome dele. E vitorioso veio mostrar ao meu amigo. Começaram a verificar os papéis e rapidamente conclui o meu amigo, “ah, mas este é o primeiro processo, o que estava perdido…e não o da segunda via, deste recibo!”. Não se desmancha o funcionário: “E não tinha dado entrada, não sei porquê. Vamos aproveitar e damos entrada a este…”. Daqui a um ano o meu amigo brasileiro voltará ao ataque… Seria tudo muito diferente se ele aceitasse pagar qualquer coisinha… É isto que se passa, grave, mas do simples foro da incompetência e do relaxe.     

O que você acha do acordo ortográfico e da chamada lusofonia.

O acordo não me ofende nem me arrefece. Como dizia o Deleuze há que gaguejar na língua para que a língua no seu próprio interior se torne bilingue, isto é, cito-o, o multilinguismo não é apenas a posse de vários sistemas mas antes de tudo a linha de fuga ou de variação que afecta cada sistema impedindo-o de ser homogéneo. Isto que sublinho é o que me importa no manejo de uma língua, é o que sempre foi feito por alguns e é o que continuará a ser feito, e isto não há acordo que o impeça. Agora, há o aspecto político da questão e aí é claro que o acordo existe para favorecer a indústria do livro brasileira, o resto são balelas.

Quanto à lusofonia manifesto reservas. Não sei como é no Brasil mas em Portugal fala-se em lusofonia como um efeito hipnótico que levaria logo a uma bacalhauzada entre os falantes de português. Para Moçambique é um termo controverso, associado ao neo-colonialismo. E de facto é preciso perguntar que sentido faz falar em «lusofonia» num país em que só oito por cento dos seus habitantes é que tem o português como língua mãe. Mesmo que o português seja a língua oficial, os códigos e as performances da língua aqui são distintas, verificando-se um crescendo de contaminações das línguas nativas e do inglês na textura do português, assim como a presença de deslizes semânticos que introduzem variações quer de significado, quer sintácticas, que tornam a sua tradução uma história de diferimento e não um rastro contínuo. Aparentemente falamos a mesma língua, mas os códigos e protocolos da língua e os valores dos seus significados são tão díspares que nos sentimos num perpétuo território estrangeiro, o qual está minado pelos equívocos e mal-entendidos com que a aparência de uma língua comum, transparente, tornou bélico o terreno.

A lusofonia é uma cortina de fumo para que as embaixadas possam não falar entre si de coisas concretas, urgentes e necessárias. Com o álibi dessa suposta base identitária faz-se de conta que está tudo bem para não se investir em nenhum tipo de comprometimento sério.

É como Prémio Camões. Em 2001 fui ao Brasil, tinha acabado de lançar Inferno, que escrevi em parceria com a Maria Velho da Costa, a quem fora atribuído o prémio há 2 anos atrás. Fui a várias editoras brasileiras tentar vender esse e outros livros dela. Ninguém sabia quem ela era. O eco do Prémio Camões não tinha saído das embaixadas. É patético. Não entender a inocuidade disto é grave, desajustado e redutor. Por isso a lusofonia lembra-me a deselegância de estar a martirizar uma noiva, na véspera do casamento, falando-lhe obsessivamente do antigo namorado que ela faz tudo para esquecer.

O imaginário lusófono é como o sentimento da queda no Paraíso bíblico: há um misto de culpa, de rejeição e de tremenda atracção pela Eva. O aparente decoro da Eva não nos deve deixar impotentes, e convém voltar a fecundá-la, com a diferença de que agora pode ser ela a tomar as rédeas do jogo, tendo o papel activo na função. É preciso aceitar a troca das posições no leito para que a coisa volte a animar. Enquanto não se entender esta coisa primária, a lusofonia não passa da simulação das erecções de um anão ao espelho. O Eduardo Lourenço já disse tudo sobre esta matéria no seu devido tempo, mas como os políticos portugueses não têm mais nada a oferecer senão retórica agarram-se à miragem.

Cite cinco filmes e cinco livros essenciais para a sua formação e diga porquê.

Vou-me cingir à prosa. Orlando, de Virgínia Woolf: fascina-me a metamorfose como tema e processo e a escrita de madame Woolf é avassaladora. Debaixo do Vulcão, de Malcolm Lowry: foi uma das heranças do Al Berto, deixou-me esta semente lunar no sangue. Trópico de Capricórnio, de Henri Miller: um dos livros que salvou a minha adolescência desvalida, de pobre sem esperança. A Música do Acaso, de Paul Auster: gosto de todo o Auster, e da sua fantástica imaginação, mas este deixou-me em levitação. Heróis e Túmulos, de Ernesto Sabato: bastaria o Relatório de Cegos para ser para mim um dos romances do século XX. E não posso esquecer todo o Cortázar, todo o Nabokov, todo o Kadaré, toda a Clarice Lispector, todo o Gombrowicz.

Filmes: Amarcord, de Fellini. O Fellini é mais um daqueles que me imita em tudo, até na tentativa de não ser eu. Viridiana, de Buñuel: que me decidiu a nunca ter cartão de nenhum Partido porque me fez perceber que os pobres não são assim tão bonzinhos; Irma, La Douce, de Billy Wilder, e Some Come Running, de Vincent Minelli: a Shirley MacLaine bastar-me-ia, mas depois já os guiões, a elegância, o ritmo, o humor. Táxi Driver, de Scorcese: porque desafortunadamente não o escrevi, o que é uma das provas da inexistência de Deus.

Junte-se todo o John Cassavetes, metade do Godard, todo o Tarkovski, o Woody Allen, o Lawrence Kasdan, o Bergaman, o Clint Eastwood, sei lá…

Fale um pouco sobre Respiro, o seu último livro lançado em Moçambique e sobre os seus planos para o futuro recente, no terreno da criação artística.   

O Respiro não foi lançado em Moçambique mas sim em Portugal. É um ensaio onde procuro explicar que vivemos todos em níveis de realidade e em graus de percepção da mesma muito distintos pelo que não há uma realidade unidimensional euma ou a poesia, mas antes diferentes manifestações expressivas de modos de penetração em diferentes tipos de realidade. Corolariamente, tento insinuar que há poesia do imaginário, e poesia do imaginal, consoante os tedodolitos. Enfim, nada de muito importante. Um pequeno excerto:

«Lembremos a hipótese que convoquei num prefácio a uma tradução de Juan Luís Panero: há, no que toca ao modo como se relacionam com a linguagem, duas linhagens de poetas. Para uma família de poetas a linguagem é um instrumento auxiliar para criar objectos verbais que se manifestam em declarações espirituais, psicológicas ou políticas. Este tipo de poetas serve-se das palavras para expressar ou digladiar os seus conflitos e visões.

Existe por outro lado uma outra prática da poesia onde a linguagem é em si mesma, um problema, um conflito já existente, uma dobra: «Suscitar a forma do pensamento,/ recortá-la segundo uma medida./ Penso num alfaiate/ que seja o seu próprio pano.», escreve o italiano Valerio Magreli. Ou atentemos noutro poema, de Herberto Helder: « (…) E é tão compacta a malha/ da carne tão/ rude, O fluxo que se/ desenreda, Como se o corpo todo fosse uma veia,/ Uma traqueia de onde irrompesse um som/ – árduo árduo/ e agudo,/ E a boca respirando se tornasse/ numa bolha, O rosto como uma víscera,/ Que brilhasse varada pelo sangue: alta/ e ríspida: e brilhasse ainda/ quando o dia transparente transpusesse: / porta/ a porta:/ tudo, As mãos: a cabeça/ entre as mãos: a voz/ entre fôlego e escrita, Nas cavernas/ do mundo».

Neste tipo de poesia o poder da palavra germina a partir do seu próprio fulcro, não traduz outra coisa; o poeta não se serve das palavras para traduzir uma “realidade” pré-existente, antes intui, como diz Octávio Paz, o autor da hipótese em presença, que elas são o referente e são tão reais como as árvores, as casas, os aviões e as paixões. As palavras aqui não são signos que representam mas o concreto das coisas tal e qual de uma “outra” realidade.

Um poeta desta linhagem, Valère Novarina, chega ao extremo de afiançar que a palavra nos é mais interior que todos os órgãos internos. E relata: o Bucha e o Estica estão sentados num banco de um jardim, de costas para um arbusto. Um carteirista introduz a mão por entre a ramagem e tenta tirar a carteira do bolso interior do casaco do Estica. Só que este, entretido com as suas mãos num devaneio patético, toma a mão do ladrão por uma das suas, com todas as implicações que se enredam numa multiplicação das mãos.

A genialidade do gag advém do dilema de que é tomado o Estica na escolha obrigatória de uma das mãos – visto que aparentemente tem três e só se lembra de ter tido duas. Qual das duas são as suas e qual é a que terá de dispensar, é a sua primeira interrogação, mas depois vem-lhe outra dúvida mais fecunda: e porque não ter três mãos? E começa a olhar para a terceira mão com delícia, como algo que sempre lhe pertenceu naturalmente, ao ponto de ter tirado uma lima do bolso do casaco para lhe arranjar as unhas, para essa mão ficar como as outras. E está a limar a unha quando o Bucha lhe bate na mão que se entrega a essa tarefa e lhe faz entender – porque o Gordo também não acha estranho que o Estica de repente tenha três mãos – que o mais rico dessa mão nova é ser diferente das outras. E o Estica fica todo contente por poder ter uma terceira mão tão diferente. Aceitar a Graça desta terceira mão, equivale, para mim – porque é uma Graça aceitar oestranho como parte de nós – ao trajecto que o poeta russo Mandelstam sinalizou nesta fórmula: Como Orfeu, o poeta é aquele que percorreu toda a distância do profano ao sagrado e cuja memória é vidência.»

Quanto a projectos futuros, em 2012 vou realizar um documentário de 50 minutos sobre a arte moçambicana, isto está certo. Vou começar a rodar em Março. Espero voltar finalmente ao Brasil e tenciono fechar-me a escrever um dos dois romances que me agitam o escuro esplendor das gavetas. Não sei ainda qual deles terá um maior ímpeto para o parto.

Quais podem ser os pontos de contacto entre o Brasil e Moçambique, se é que eles existem. Você poderia falar um pouco sobre isso e o que o levou a trocar Portugal por Moçambique?

Bom, o que me trouxe para Moçambique resume-se a dois motivos.

Na altura estava muito desapontado pois tinha feito um enorme esforço para montar um projecto editorial que foi reconhecido como de bastante qualidade mas que caiu por absoluta falta de ética das distribuidoras em Portugal, sem que eu conseguisse que nenhum jornal fosse sensível ao problema grave que já se desenhava no sector e denunciasse a situação que descambou no absoluto marasmo e carnificina que é o mundo da edição neste momento em Portugal. Tive de ganhar mais um prémio literário para pagar as últimas dívidas à tipografia, despedi-me do Expresso e vim-me embora. O segundo motivo é pessoal: tenho o destino de amar uma moçambicana. A vida ser-me-ia facilitada se tivesse derivado na geografia afectiva para o norte e para a Noruega por exemplo, ou talvez para a Escócia, onde alternaria o golfe e o alpinismo. Calhou-me uma indiana de Moçambique, eis-me conformado, e moderadamente feliz na minha conformação, ainda que tenha descoberto que detesto palmeiras e coqueiros – coisinha mais monótona não há. Uma palmeira, cuja sombra nem consegue acoitar um encontro clandestino, não chega a ser uma árvore: é um pêlo púbico agrafado numa folha azul.

Quantos aos pontos de contacto, há uma coisa surpreendente e que entra pelos olhos dentro para quem conhece: Maputo é uma cidade extremamente parecida com Belém do Pará. Em tudo, do urbanismo ao ambiente social. Só falta aqui a inteligência do Benedito Nunes. Depois há uma inassumida cultura de mestiçagens, um cosmopolitismo apesar da descrença em si mesmo, uma mecânica gingada do “deixa-andar” que penso serem afins em Moçambique e no Brasil. Assim como um semelhante gosto pela dança e a música. Mas claro que em termos de desenvolvimento será o Brasil dos anos 40, depois de rasgado por uma guerra civil que tivesse destruído metade das infra-estruturas.»

24/10/2011

SEM FLORES NEM COROAS – Novela ingrata

por cam

UM – Para uns, o 25 de Abril de 1974 foi uma coisa bonita. Para outros, um pesadelo. Os primeiros ansiavam por algo assim. Os segundos temiam que algo parecido pudesse acontecer nas suas vidas. Mas houve também quem somente tenha experimentado a oportunidade de ter opinião sobre um acontecimento que lhes surgia pela frente sem que tivessem sobre ele qualquer expectativa, boa ou má. Estes, provavelmente a esmagadora maioria dos portugueses, dividiram-se, logo logo, entre entusiastas positivos e denegridores do novo regime. Ficaram ainda uns quantos – quantos? – indecisos e “sem opinião/não sabe/não responde”, e outros ainda – quantos? – a tentarem pensar por si próprios, ora gostando disto, ora desgostando daquilo.

DOIS – À rasca, indignados e assim: quantos são assim, assim-assim ou contra? Quantos têm consciência quando protestam e quando não protestam? E os outros?

TRÊS – Pululam profetas, comentadores, analistas, críticos, desestabilizadores, provocadores, assessores, especialistas & outros patetas do Regime. Quando aparecem na RTP/RDP, são pagos a peso de ouro (o dinheiro que damos ao Estado, parte da felicidade que não nos deixam ter).

QUATRO – Em Maputo, Moçambique, havia uma estátua modesta, embora em sítio nobre (praça “da Independência”, no colonialismo foi “Mouzinho de Albuquerque”), do líder da revolução independentista do país Moisés Samora Machel, falecido em 1986. Agora, em celebração do aniversário da sua morte, uma nova estátua, no sítio da primeira: em bronze, creio, com sete ou oito metros de altura, pedestal de mármore. E Machel, à boa maneira realista-socialista de Moscovo ou de Pequim, alto e soberano, com o braço direito erguido a apontar para o céu (ou para o futuro, ou para o homem novo, não se sabe). Continua a morrer-se de fome em Moçambique e o seu actual presidente, Guebuza, foi o carrasco dos campos de concentração no tempo de Machel, seu Chefe.

Para onde aponta Samora Machel?

EPÍLOGO – Ao longo da nossa história – que começou à pancadaria, como qualquer história de qualquer Nação que se preze – fomos empobrecendo. Enviámos os desapossados para morrer longe: no Norte de África e depois costa abaixo, no grande Oriente, na América quase toda, e, já no século XX, na Flandres, Índia e África “portuguesa”. Agora, desapossados somos quase todos e já não há quem nos mande morrer longe, nem quem nos queira receber para tal (a não ser talvez para substituir russos ou japoneses em algum acidente nuclear). Não é preciso ter tirado uma Licenciatura de fim-de-semana na universidade Independente para perceber que é assim: morremos pobres e na pátria que nos pariu. Sem coroas nem flores (não há orçamento).

07/07/2011

ÍNDICAS, JORNADA 14

por cam

Certas noites em Maputo, em alguns bares e discotecas, são “noites de talho”: as catorzinhas vão lá vender os seus corpos. Dizem-nos que vão em grandes quantidades. Porque há muitas miúdas que precisam do dinheiro por que trocam os seus corpos, porque há, obviamente, muitos que precisam desses corpos e estão dispostos a pagar por eles. Os seus “clientes” são figuras locais respeitáveis (enfim…), ou turistas em busca do sexo juvenil e negro. Parece um negócio. E é. Merca-se carne, viva, quente. E com outros predicados que valorizam a mercadoria. É assim, desculpem mas é assim. 

Mesmo durante o dia, à entrada dos liceus, muitas destas catorzinhas deitam o olhar convidativo aos brancos que passam com dinheiro nos bolsos. Fora de Maputo, veremos mais tarde que a fome é mais exigente e por isso os corpos destas meninas se vendem por qualquer coisa que lhes mitigue a fome.

Logo após a independência, os frelos atacaram violentamente a prostituição (negra e branca), em nome de uma moral dita revolucionária. Agora, são os mesmos frelos, ou os seus descendentes, mais “conscientes do mercado”, que deixam este “mercado” florescer, comem a parte rica, vomitam a parte pobre. E outros, muitos, fecham os olhos. E as bocas. É triste perceber até onde pode ir uma revolução.

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07/07/2011

ÍNDICAS, JORNADA 11

por cam

É um lugar-comum dizer que Maputo é uma cidade de contrastes. É verdadeiro o lugar-comum e neste caso também o que ele designa. Na avenida 25 de Setembro, a principal avenida da Baixa, no bem aparado relvado do Millenium um homem caga à luz do dia, à vista de todos os que passam. Numa capital europeia este homem seria apelidado de clochard, vagabundo, sem-abrigo, homeless. Aqui, creio ser mais apropriado chamar-lhe moçambicano pobre, deserdado da Revolução. A poucos passos daqui, resplandece a Mesquita da Baixa.

Caminhamos pelas longas avenidas, quando estamos demasiado cansados, ao final do dia, regressamos a casa num tchopela.

Ontem, umas inesperadas bolhas de água nos pés, reincidente no esquerdo, novidade no direito, propiciaram-nos uma certa aproximação a determinadas incongruências. Fui por uns ténis confortáveis ao Mister Price (Maputo Shopping Center), que anuncia bons preços. A jovem balconista por mim interpelada ofereceu-me uma expressão algures entre o entediado e o estupefacto. Não sei o que o meu rosto terá dito à jovem. Desviou o olhar de mim e gritou por uma colega, que me indicasse a secção. Segundos depois de eu a Sara termos começado a apreciar os ténis expostos em prateleiras, a empregada começou a esfregar o chão. Continuei em self-service. Estava complicado encontrar o número certo e quando o encontrava não encontrava o esquerdo ou o direito. Iam passando por nós alguns empregados que perante as nossas dificuldades “assobiavam para o lado” e entravam invariavelmente num compartimento cuja porta tinha escrito “Staff Only”, e de onde vinham uns sons de gargalhadas de galhofa e risinhos histéricos. Desistimos dos ténis: eram de má qualidade e o serviço da loja ainda pior.

Por ironia, terminámos numa Benetton, com preços acessíveis e profissionalismo e simpatia no serviço. Depois não se queixem. Em Portugal, em certos locais, fazem o mesmo e antes de se poderem “queixar” ficam com os negócios arruinados…

Ainda com as bolhas a causarem incómodo e dores, entrámos numa farmácia na Samora Machel, perto do cruzamento com a 25 de Setembro, à procura de Betadine ou algo parecido. A rigorosa e simpática farmacêutica, informou que não tinham o que pretendíamos e explicou-nos, perante o nosso ar estupefacto, que não havia autorização de um qualquer departamento governamental da área da saúde para a importação de medicamentos essenciais. Isto, apenas nas farmácia do Estado, como a sua, mas que nas privadas “é bem capaz de haver”. “Mas se é preciso para as pessoas…”, “Nessas é bem capaz de haver. Desculpem.” Fomos à do Rovuma Shopping (grupo português Pestana), dali relativamente perto, onde, na farmácia de Denilsson – simpático senhor de origem provavelmente indiana – nos venderam, em uma embalagem de plástico, com ar artesanal, o ansiado Betadine, por 200 meticais (mais de 4 euros).

Fomos por 70 meticais em tchopela voador até casa. Bendito. Bendita Betadine. Amanhã, de ténis novos e confortáveis, voltaremos à guerra das ruas, Betadine e algodão na mochila.

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27/05/2011

ÍNDICAS, JORNADA 12

por cam

Os contrastes em Maputo também são visíveis nos comportamentos. Temos sido espectadores ou agentes de dezenas de “variantes”. Ontem, por exemplo, ainda antes de voltarmos de tchopela para casa, entrámos numa loja de venda de refrigerantes e de pão, na Karl Marx. Para pagar o meu refrigerante, de 11,5 meticais, entreguei ao empregado, sem reparar, uma nota de 500, em vez de uma de 50 – a Sara diz-me baixinho “deste 500 meticais” – e eu, olhando para as notas na minha mão, apercebei-me disso, mas já o empregado me devolvia o troco, correcto, dos 500 meticais entregues. Logo a seguir, coloquei-me no último lugar de uma fila com 4 ou 5 pessoas, para comprar pão. Quando chegou a minha vez, chegaram consecutivamente outras 3 ou 4 pessoas, naturais do país. Despudoradamente, tomaram a minha vez, sem água vai, e o empregado nem se dignava olhar-me, só quando já não havia mais ninguém para atender, se decidiu, com modos enfastiados, atender o meu pedido de pão.

Hoje de manhã, resolvemos caminhar para a Baixa por um caminho diferente, que apenas tínhamos feito no sentido inverso, de tchopela. A via chama-se Patrice Lumumba, e vai da Polana, junto ao liceu Josina Machel, até se cruzar com a Lenine, antes de continuar como rua da Rádio. São umas largas centenas de metros, não sei se não chegará a um quilómetro, com muitas curvas, em contraste com a cidade rectilínea. Os passeios aqui são mais estreitos do que em muitas outras vias da cidade, e estão repletos de pedaços de troncos e ramagens de árvores, impossibilitando a passagem dos pedestres, que se arriscam ao atropelamento por viaturas meio desgovernadas que vêm no sentido contrário ao nosso. Comentámos: mesmo que a Câmara e o Governo não possam ou não queiram arranjar os passeios – onde não há restos de árvores há buracos e lajetas partidas –, cada rico ou enriquecido que aqui vive e tem casa, carro caro, guarda armado e filhos nos colégios privados, pagos em dólares, ou nas universidades portuguesas e americanas, poderia gastar uns trocos na limpeza da rua, contribuindo para o bem-estar e a saúde de todos, ao mesmo tempo que proporcionariam algum trabalho remunerado aos seus compatriotas. Ou em nome da Revolução que os fez enriquecer, sei lá!

Somos estranhos aqui, por um lado a trabalhar, por outro a ver as coisas como qualquer turista. Mas não podemos esquecer-nos de que somos portugueses, para o bem e para o mal estivemos e estamos ligados a esta terra, a estas pessoas. Eu não estive na guerra colonial e, na medida das minhas possibilidades, fui solidário para com os países que desejavam libertar-se do jugo colonial. Hoje, apetece dizer, com o José Mário Branco, “Houve aqui alguém que se enganou”. Em Portugal, também.

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24/05/2011

ÍNDICAS, JORNADA 9

por cam

Pelo chão da cidade vende-se livros. Directamente sobre a calçada empoeirada, ou sobre um simples tecido ou até um pedaço de cartão velho, mostram-se os livros, regularmente encostados uns aos outros ou em desalinho. A todos cobre uma película mais ou menos densa de poeira, mas é poeira urbana, do passeio e das ruas que não se limpam há uma ou duas dezenas de anos, dos lixos acumulados, de toda a química expelida das viaturas novas e das muito velhas. Talvez se possam contabilizar umas dezenas destes pontos de venda em toda a cidade, sobretudo nas zonas onde vivem ou circulam estudantes dos liceus e da universidade e portugueses (turistas ou não). Clientes eventuais serão também os moçambicanos que ainda não exploraram, por desinteresse ou desconhecimento, estes filões. Porque aqui há de tudo: fotocópias encadernadas de livros de estudo (línguas, matemática, filosofia, etc.), relíquias das vulgatas marxistas-leninistas (há séculos que não passava os olhos pelas capas dos livros ortodoxos da chilena Marta Hanecker!), obras nacionalistas de todo o tipo, mas também outras, importantes, da literatura moçambicana ou sobre a sua história (J.P. Borges Coelho, Junod, Mia Couto, A. Lobato, J. Capela, entre muitos outros), livros portugueses raros (primeiras edições de Cesariny, H. Helder, Sena, Grabato Dias, Ernesto Sampaio, etc.). Diz-se que muitos deles foram roubados de livrarias, bibliotecas e arquivos oficiais, universidade, casas particulares. Diz-se também que existem armazéns repletos de milhares e milhares de livros e documentos ao abandono, muitos deles oficiais, onde se abastecem muitos destes vendedores de rua, absolutamente desconhecedores de estarem em posse de algumas raridades bibliográficas (não raríssimas ou de luxo, mas raridades, em qualquer caso). O Governo não liga a estas coisas, seja qual for o ponto de vista sob o qual se queira encarar esta realidade, a não ser os “cinzentinhos” que procuram extorquir dinheiro aos vendedores… A incúria é evidente: no Ministério da Educação, em vésperas de reabilitação do prédio, deitaram fora tudo o que lá havia: livros e toda a documentação administrativa. Um vendedor de rua, um dos mais antigos e conhecedores, diz conseguir por mês um lucro de cerca de 5.000 meticais (menos de 100 euros), mas há quem diga que os lucros são superiores. Percorremos várias vezes as bem recheadas avenidas Lenine (do cruzamento com a 24 de Julho até à zona da Coop) e a 24 de Julho toda, e ainda a Eduardo Mondlane, a Mao Tse Tung, parte da Baixa, e uma ou outra mais escondida. Quando começámos a andar mais de carro, escassearam estas visitas.

Por curiosidade e por necessidade, procurámos conhecer todas as livrarias e espaços públicos onde fosse possível tomar contacto com os livros e comprar o que fosse possível com o conteúdo da nossa magra bolsa. Estivemos na loja do Centro Franco-Moçambicano, na galeria de arte da CFM, na editora Kapikua, e em várias livrarias: a Minerva, na Baixa (uma das mais antigas e conceituadas e, creio, a única que ficou do tempo colonial, rendida agora ao “estilo FNAC”), a Universitária, na avenida Karl Marx (com poucos livros mas com mais poeira do que a rua, e com umas empregadas desconfiadíssimas!), a das Publicações Europa-América na 24 de Julho, também nesta avenida a da Plural (ramo da portuguesa Porto Editora vocacionada para o espaço africano lusófono), a Mabuko, na Julius Nyerere e as do grupo português Escolar Editora: a Livros & Etc (no novel Maputo Shopping Center), e, com o nome do grupo, mais duas, ambas na 24 de Julho, uma no interior do Centro Comercial Polana, outra mais perto das perpendiculares de acesso ao centro da Baixa. Numa transversal da Lenine, de que não anotei o nome, um pequeno estabelecimento de muçulmanos tem uns livros perdidos num meio de uma barafunda de tudo-e-mais-alguma-coisa. O que acontece, tenho a certeza, um pouco noutras áreas da cidade. Em torno do “cimento”, nos bairros miseráveis que vão encostando ao “caniço”, duvido que os livros tenham resistido ao fogo necessário para o frio das noites ou para aquecer a panela familiar.

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17/05/2011

ÍNDICAS, JORNADA 6

por cam

Nestes poucos dias maputenses o lixo faz-nos tropeçar (literal e metaforicamente). O lixo e o estado de degradação de muitos passeios públicos, ou, nas avenidas mais largas, o separador central entre vias de rodagem. Em alguns destes, as árvores, outrora frondosas, desapareceram, noutros, a terra esventrada deixa as raízes expostas ao olhar, motivo de tropeções, especialmente se o nosso olhar subir à procura das suas copas. O lixo, dizem-nos, é agora em muito menor quantidade, já existe uma empresa, concessão portuguesa, encarregada da sua recolha. “Mas então…” “…maca qualquer, brada, tem paciência…”. Tenho, eu mais do que a Sara, ela que é tão mais paciente e tolerante do que eu, desabafa, não suporta o lixo, o lixo espalhado, amontoado à toa aqui e ali, em todo o lado. “Paciência…” E ainda só conhecemos as zonas ricas, para a periferia, para o caniço, será muito pior. Digo em voz alta que os dirigentes moçambicanos perderam o olfacto ao mesmo tempo que a vergonha. Mandam-me calar – ou falar baixo.

Em Portugal, nos primeiros tempos da dita revolução abrilista, quando alguns de nós reclamavam mais e melhor educação e cultura, sobretudo a partir das câmaras municipais, alegavam os “camaradas”, em boa dose m-l mal digerida, tipo Readers Digest mas de sinal contrário, que primeiro era preciso dar a todo o povo as “infra-estruturas”, como água, electricidade, saneamento e habitação, o “pão”, e que depois, “camaradinha”, viriam essas coisas todas da “super-estrutura”. Nem eu nem eles percebíamos o que tal proposição exactamente queria significar. Por aqui, parece, nem uma coisa nem outra. Revolução?

Hoje, como é Sábado, é dia do “mercado do pau” na praça 25 de Junho, data da independência de Moçambique, em 1975, e que foi a celebrada praça 7 de Março, colonial. Basicamente, é um enorme largo, entre a avenida 24 de Julho e a Fortaleza de Nossa Senhora da Conceição, em direcção ao porto de ferrys e “cacilheiros” que ligam Maputo à Catembe; largo de onde sai (ou desemboca…), aquela que hoje chamam de rua de Bagamoyo e que foi, com o nome de Araújo, uma das mais célebres desta ponta de África, rua cosmopolita e fervilhante de vida nocturna, de boa e má fama, entre os anos 20 e os anos 70 do século que há pouco se foi. Remato já o breve excurso histórico informando que a FRELIMO se encarregou de a desdourar em nome dos “bons costumes” revolucionários.

O “mercado do pau” é um mercado de artesanato. Desde os célebres batikes, a tudo o que seja estatueta a imitar pau-preto, passando pelas inúmeras t-shirts, caixas e caixinhas, colares e pulseiras, bonecas disto e daquilo, instrumentos musicais, um mundo de imaginação. Já tínhamos sido informados que ao final da tarde, por volta das 18 horas, quase quase a escurecer, se poderia regatear com maior probabilidade de se obterem preços mais baixos. Mas não nos informaram que ao primeiro gesto dirigido a um qualquer objecto, um apreçar de uma peça ou o simples parar junto de um artesão, seríamos assaltados por mais meia dúzia de vendedores, disputando o nosso dinheiro. Apesar dos “assaltos” a que já tínhamos sido sujeitos à porta do Cardoso, ou junto ao Continental, não sabíamos da dureza deste mercado, mas sabíamos que a nossa intenção não era a de comprar fosse o que fosse, apenas “cheirar” o ambiente, testar até que ponto poderia ir o nosso regatear, perceber quais os preços mais baixos de uma outra peça. Erro claro, claro. Esta estratégia não faz parte de nenhum dos cânones do “pau”. Quem ali vai, é para comprar, se regateia, então, com maior razão tem de comprar, “não estou a ganhar nada, patrão, é só para voltar para casa”. Desta maneira, ou com ligeiras nuances, matraquearam-nos os ouvidos, à mistura com preços, câmbios, ofertas em inglês e nós a dizer-nos portugueses, “sim, boss, Eusébio-Amália-Figo-Cristiano Ronaldo, sim, boss!” A retórica deles: os preços mais baixos, a melhor qualidade, a genuinidade dos artigos (“pau preto, patrão!”), o quase-empurrão, o agarrar um braço, um olhar de cumplicidade – contra tudo isto, e mesmo contra a nossa vontade de comprar – resistimos, não nos esportularam um cêntimo. Mas havemos de voltar, ah sim, sim!

GLOSSÁRIO

02/03/2011

…POR CAUSA QUE DA TAL NOSSA REVOLUÇÃO FICOU TUDO POR FAZER

por cam

“Por causa que a gente era dono definitivo deste nosso país, sim senhor, mas era só em boa honra de palavras. Já que no dia após dia era igualíssimo como era antigamente: só que os brancos tinham deixado de mandar para sermos mandados por pretos com ideias instruídas, mas a mandar igual. E assim, com factos destes, a gente perverte sempre em jeito de arranjar razão para já não gostar de nenhum governo. E por em causa disso é que muito se fala mal. Principalmente por causa que da tal nossa revolução ficou tudo por fazer. Pois – nada existe. Se alguém perguntar no mato, aonde que toda a comida se produz, o que é que revolucionou-se?, ah, ninguém que há-de achar uma resposta direita para dar. E, se der, é só conversa fiada, sem nenhuma verdade. É falar do que nunca se existiu.”

[Ascêncio de Freitas, A paz enfurecida, pp. 392-3]

Ascêncio de Freitas nasceu em 1926 na Gafanha da Nazaré. Fixou residência em Moçambique em 1948, onde permaneceu durante trinta anos. Tendo exercido, ao longo de uma vida aventurosa, diferentes actividades profissionais, de desenhador industrial a fabricante de carvão, de pintor de cartazes a jornalista, de gerente comercial a administrador de empresas, entre outras, publicou vários romances e livros de contos, nos quais se reflecte uma vivência invulgar e um conhecimento raro da língua portuguesa e do chamado «pequeno português», a base do linguajar suburbano de Moçambique. Foi bolseiro do Instituto Português do Livro e das Bibliotecas em 1999, com cuja bolsa escreveu este A Paz Enfurecida, publicado em 2003 [adaptado da editorial Caminho]

Outras obras:

Cães da mesma ninhada (1960)

Ontem era a madrugada (1978)

África ida e volta (1978)

À boca do passado (1981)

Crónica de D. António Segundo (1983)

Carmen era o nome (1996)

Na outra margem da guerra (1999)

A reconquista de Olivença (1999)

O canto da Sangardata (2000)

Mentiras, elefantes e etcérera (2000)

Estória do homem que comeu a sua morte (2002)

A noite dos caranguejos (2003)

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